miércoles, 9 de diciembre de 2009

LA MUJER DE NEGRO RARA VEZ BESA DOS VECES




Sentado en la gran barra del Café Atlántico, un hombre le habla a una mujer de cabellos dorados mientras en los amplios ventanales de vidrio que dan a la calle, se ve el reflejo tintineante de las llamas casi extintas de un auto volcado justo al frente del lugar. - Vivir en la ciudad significa, entre otras cosas, convivir con sus sonidos. Sonidos que no cesan nunca, que siempre llegan a ti donde te encuentres. No te persiguen, te envuelven. Algunos son humanos, como gritos y silbidos. Otros provienen de vehículos y maquinarias; el chillar de las ruedas, el estruendo metálico y la explosión que le siguió, antes de que llegaras, vinieron de aquel auto que arde en llamas, justo ahí afuera. Otros son producidos por aparatos cuya función es generarlos; el ejemplo más evidente corresponde al de las sirenas, que pueden ser de diferentes estilos. La de esa ambulancia que se aleja, es de estilo europeo. Otros sonidos, como el que produce ese señor tocando el saxo, son musicales y pueden ser hermosos. Todos estos sonidos destacan con identidad propia, se distinguen de los demás, resaltan sobre el conjunto. Todos juntos constituyen a El Gran Bullicio General. - Gabriel contaba treinta y cinco años, un metro ochenta de estatura, elegante, de buen ver y siempre a la moda, gustaba de la noche y de sus atractivos, de los cuales disfrutaba gracias a su oneroso ingreso producto del ejercicio exitoso del derecho, profesión a la cual dedicaba gran parte de su tiempo trabajando como socio en una prestigiosa firma de la capital. No todo era tan bueno en su vida, del punto de vista emocional no tenía tanto éxito como del laboral. A su edad, ya sumaba dos divorcios y consumía su vida sentimental acumulando relaciones breves y superficiales, en esencia, sexuales. Su anhelo vital, y así lo decía, era encontrar a su alma gemela. - El Gran Bullicio General participa como ente de primera línea en los elementos que contribuyen con su existencia a darle una imagen única a toda la ciudad. El Gran Bullicio General, junto a la arquitectura, la gastronomía, la idiosincrasia, el arte, el transporte público y para de contar, definen el estilo propio de cada ciudad, que permite diferenciarla de entre todas las demás. El Gran Bullicio General de Barcelona es distinto al de Londres. El de Bogota, es parecido, pero distinto al de Caracas y si seguimos comparando ciudades seguiremos encontrando diferencias y semejanzas en los Bullicios Generales. Por cierto, me gustaría escuchar algún día el de Bombay… Pero, El Gran Bullicio General, no reúne en sí la totalidad de los sonidos de la ciudad. Existe otro sonido menos vistoso, si se puede decir así, un sonido menos diverso y menos llamativo, un sonido, paradójicamente, sordo. Este sonido es conocido como El Gran Ruido Basal y es el marco en donde resaltan los sonidos polifónicos que conforman a El Gran Bullicio General. Actúa como el solvente donde estos sonidos son matizados y amalgamados, es también, el lecho donde estos sonidos duermen y despiertan. -
Esta semana había cerrado un caso importante por lo que rebosaba de prepotente satisfacción. Era viernes por la noche. Primero se fue al penthouse de unos amigos, donde inició la celebración. Al llegar fue recibido por una bella pelirroja perfectamente maquillada quien inmediatamente colocó en su mano una copa de champagne y en sus labios, un beso ensayado. De los brindis pertinentes pasó, sin preámbulos, a la cocaína y de la cocaína a la exaltación. - El Gran Ruido Basal es omnipresente en toda la ciudad. Su omnipresencia te recuerda en todo momento que estás en una ciudad. Tan es así, que las personas lo extrañan cuando salen de la urbe, sin saber, exactamente, que están extrañando.
El Gran Ruido Basal no es llamativo como El Gran Bullicio General, que en ocasiones, puede llegar a manifestar comportamientos histéricos en lo que a captación de atención se refiere, ejemplo, el accidente de afuera. El Gran Bullicio General, como la mujer joven, se hace sentir, El Gran Ruido Basal, como la mujer madura, se deja sentir. -
Al tiempo que las líneas fueron inhaladas, los dientes rechinaban y su lengua no paraba. Todo era poder y potencia mientras la reunión en el penthouse tomaba su ritmo. Como ya se estaba haciendo habitual en su vida social, Gabriel puso la guinda amarga. Esta vez coqueteó con la mujer equivocada, la mujer de otro. Luego vinieron gritos, empujones y agarrones. Gabriel recibió una cachetada de la que si era su mujer (al menos eso pensaba ella). Eufórico y cantando, se largó de ahí. - Es El Gran Ruido Basal el centro de mi atención. Y es que en él se esconde algo muy particular, al menos para mí. Cuando logro abstraerme de El Gran Bullicio General y me concentro en El Gran Ruido Basal, escucho su silencio, dije bien, su silencio. Cuando esto sucede y me siento imperturbable en sus entrañas, me invade una profunda sensación de paz que de ninguna otra manera sentiría. Cuando alcanzo ese momento de aislamiento extremo me encuentro conmigo mismo y es en esos instantes, que pienso cosas realmente interesantes. - Hace una pausa mientras enciende un cigarrillo, después de la primera bocanada, continua hablando - La ciudad y su Gran Ruido Basal y dentro de él su silencio, son indispensables para mí. No concibo mi vida sin ellos. Juntos tejen un espacio del que soy habitante solitario y al que nadie nunca, ha penetrado jamás. El Gran Ruido Basal termina siendo la muralla que me separa de la estupidez e insensatez circundante y deja que, libre de todo vinculo exterior, crezca en mi mismo, pero, también me aísla de todo y de todos. Necesito sentir el calor de alguien igual a mi y que pueda reconocerme en mi espacio silencioso y no quisiera morir sin encontrarla. - La hermosa mujer de cabellos rubios sentada a su lado, vio el reloj, eran las 3:05 de la madrugada, canceló la cuenta y sin mediar palabra alguna, se esfumó. Gabriel apagó el cigarro y observando a través de los amplios ventanales de vidrio que comunicaban visualmente el Café Atlántico con la calle, la vio salir del local con rumbo desconocido. Todavía humeaban los hierros destrozados del accidente que minutos antes acababa de ocurrir en la esquina, justo antes de cruzar hacia el bar. La escena ya estaba limpia, sólo el auto destruido esperaba por la grúa que lo llevaría a su último destino.
Extrañado por la falta de interés de la rubia en el Café, decidió seguirla, pero esta después de recibir su auto de manos del valet parking, ya se había ido. El Atlántico era ya el tercer lugar que visitaba esa noche después del incidente en casa de sus amigos. A la salida, mientras el auto de la rubia se alejaba, Gabriel observaba con desidia como la grúa, al fin se llevaba lo que había quedado del accidente. De pronto, de entre las sombras de la noche, apenas iluminada por un farol en la calle, emerge una figura que rápido captó toda su atención. Una hermosa y estilizada mujer con un ceñido vestido negro que hacía juego con su cabello largo y suelto, negro azabache, cruzó su mirada con la de Gabriel y este raudo y veloz, corrió sin saberlo, a enfrentarse con su destino. Sin titubeos se dirigió directo a la mujer de negro y cuando la tuvo enfrente le dijo - ¿Que hace una mujer tan hermosa y tan sola, aquí y a esta hora? - Por un rato que pareció eterno, la mujer se lo quedó viendo a los ojos en silencio, su rostro blanco pálido, sin lugar a dudas, era precioso. Su boca perfecta, al fin habló - Vine a buscar a alguien - A lo que Gabriel repuso - ¡Te felicito, porque ya lo encontraste! - Esta última frase provocó en la bella mujer de negro una tierna sonrisa.
Detrás del Café Atlántico se encuentra un centro comercial en el cual funciona una discoteca que reúne a noctámbulas criaturas en busca de emoción y evasión, gente que exprime la noche de la ciudad hasta bien entrada la madrugada. A pesar de la muchedumbre agolpada en la puerta de la discoteca, Gabriel y su enigmática compañera pasaron sin ninguna objeción. Adentro el humo se mezclaba con las luces, creando una atmósfera espesa y multicolor. El DJ, como un hipnotizador de masas, marcaba el ritmo de los presentes quienes se movían sincronizados como si todos formasen parte de un solo ser. Gabriel tomó de la mano a su imprevista compañera y la llevó al centro de la pista donde los dos se sumaron al trance y a la euforia en movimiento. Bailaron y se tocaron. Cada vez se sentía más atraído hacia la enigmática mujer de negro y ella a su vez, parecía disfrutar de todo el despliegue de seducción que su excitado compañero le prodigaba.
La música se mezclaba con las voces de la gente que bailaba a su alrededor. Poco a poco, Gabriel fue dejando de escuchar la música y pasó solo a escuchar los murmullos de las voces, el campanear de los hielos en los vasos y hasta llegó a escuchar los latidos presurosos de quienes le rodeaban. Al final, sólo escuchó el silencio. El silencio de El Gran Ruido Basal. Fue en ese momento cuando nítidamente percibió estas palabras - Te estaba buscando a ti. - Palabras que fueron pronunciadas por la misteriosa mujer de negro. Gabriel no cabía en si del asombro, primera vez que alguien compartía su mundo solitario y abstracto. - ¿Realmente puedes escucharme? - Dijo en voz baja, a lo que ella respondió - No preguntes nada más, por favor, si no te importa, solo quisiera que me acompañes a un sitio al que me veo obligada a frecuentar. - Gabriel asintiendo con la cabeza y estupefacto, apenas si pudo pronunciar un - Vamos.
Salieron del local donde se disfrutaron el uno al otro, solo Dios sabe por cuanto tiempo. Salieron del centro comercial por la puerta principal, que extrañamente se encontraba abierta, para ellos. Empezaba a llover pero esto no parecía molestarlos. Cruzaron una gran avenida y se dirigieron caminando al sitio donde se encuentra una importante clínica de la ciudad. La mujer de negro tomó con firmeza a Gabriel de la mano y lo condujo al interior del edificio. Bajaron unas escaleras y se dirigieron al área de emergencia. De fondo se apreciaba la melodía de un piano y mientras más se acercaban más fuerte y nítida se escuchaba. Detrás de las puertas batientes que dan a la emergencia se detuvieron tomados de la mano. Gabriel quiso hablar pero ella con delicadeza le selló la boca con sus labios. Nunca había recibido un beso tan especial. Comprendió que su destino estaba unido al de aquella mujer de quien ni siquiera conocía el nombre. Ya era tarde para preguntar.
Juntos atravesaron las puertas batientes e inmediatamente Gabriel pudo ver una imagen que lo impresionó por la eternidad. En una esquina, un hombre trajeado de riguroso negro, tocaba en un maravilloso piano de cola el primer movimiento del concierto No. 1 para piano de Tchaikovsky. A la vez, a toda prisa, circulan enfermeras llevando y trayendo cosas, el ambiente es de tensión. Tres médicos luchan desesperadamente por salvarle la vida a alguien que agota su último latido mientras exhala un final suspiro. Gabriel, angustiado por la situación desesperada, que como en una película corre ante sus ojos y tomado con fuerza de la mano de la mujer que lo llevó a ese lugar gira sobre si y la mira, buscando en ella alguna respuesta. Con lágrimas en los ojos y con la música del piano al fondo, ella le dice - Ya sabes porque vine a buscarte. Realmente lamento que haya sido así. Son muchas las veces que alguien me ha invitado a salir, pero nunca nadie se había enamorado de mí - Finalizando estas palabras se aferró a su cuello besándolo por segunda vez en la noche. Gabriel nunca más recibiría un beso así y él lo sabía.
Los médicos, después de intentarlo una y otra vez, frustrados desisten de su esfuerzo y abandonan su lucha. - ¿Hora de la muerte? - Pregunta el más joven mientras escribe en la historia clínica. - 3:33 de la madrugada - Le responden. - ¿Nombre del paciente? - Gabriel Antunez, de 35 años, múltiples traumatismos por accidente automovilístico, un volcamiento, creo. - ¿Algo más? - Niveles en sangre positivos para alcohol y cocaína. – Vaya, otro que coqueteó con la muerte.- FIN.

CARLOS G. B.

viernes, 30 de octubre de 2009

LAS ABEJAS NOS DEJAN


Las abejas nos dejan. A donde van, no se, pero cada vez se siente más distante su zumbido en las orejas y menos las vemos molestando cocacolas en las terrazas. El si pican o muerden, poco a poco, va dejando de ser tema de conversación. Sus colores galantes en alternos listones, rara vez interrumpen ya la quietud ensimismada de quien se encuentra echado en la grama del parque en relajada actitud contemplativa. El campo bien triste se ve con su desoladora ausencia. Las flores, como quinceañeras sin fiesta, ven sus colores inútiles ahogados en el deseo insatisfecho tanto que preferirán no haber nacido, antes que ver sus ganas tomando la forma de pétalos dispersos en el suelo. Que si el calentamiento global, que si la contaminación, los insecticidas, las plantas transgénicas y tantas historias más; da igual, lo cierto es que se van y nos dejan solos, con nuestra indiferencia. Sus reinas, abdican y se despiden. Los zánganos, románticos como son, salen a buscar el amor en la muerte. Las restantes, velan por los detalles de la discreta partida sin siquiera sacarnos en cara toda la miel que les hemos consumido; preferiría pensar que lo hacen por nobleza u olvido pero me temo que es por resignación y desesperanza. Es verdad, el sol seguirá saliendo pero cuando desaparezca la última, ya no iluminará su errático volar y descubrirá en aquellos ojos sensibles su amarilla y negra compañía. Me iría con ellas a buscar ese hogar que no existe.
Al menos, algo buscaría.


CARLOS G. B.

domingo, 18 de octubre de 2009

OJOS DE MOSCA


Un rostro a través de un vidrio esmerilado es mi visión de ti,
desfragmentada, un ojo aquí, una boca más allá,
de cada pedacito me hago una idea diferente.
Desencajada me abres la boca y me sacas una la lengua poligonal,
esfacelada provocas y tientas mi alma
y mi revoloteo errático se ve turbado por la luna que veo en tus pupilas
y así te alejas y cada pedazo de ti toma un camino diferente,
hasta que te pierdes,
y al final, ya ni se lo que vi.


CARLOS G. B.

lunes, 5 de octubre de 2009

CLARISSA Y EL CLARO DE LUZ


Ocurrieron cambios fenomenales, la tierra dejó de girar. No se que historias con una súper nova muy próxima al sistema solar y un cuento con la materia oscura que hicieron que esto, lo impensable, sucediera. Al principio se formó un gran desbarajuste. Dependiendo de cual o tal región del planeta habitaras, te tocaba vivir en una eterna noche o un eterno día. A mi me tocó vivir en un eterno amanecer. Los vientos y las mareas se vieron fuertemente alterados, las aves migratorias al principio lo pasaron muy mal, no soportaban la desorientación, las ballenas, en fin, todo bicho viviente sufrió en mayor o menor grado. En el lado oscuro hubo crisis con las cosechas y hubiese ocurrido una gran catástrofe si los del lado iluminado no hubiesen compartido sus excedentes. De hecho se dio un cambio de raíz en la perspectiva que tenían las personas del planeta y su relación con la vida en él. Pronto nos dimos cuenta que o colaborábamos entre todos y con el planeta o pereceríamos. Comprendimos lo frágiles que éramos en el universo y creo que por primera vez en la historia, la humanidad entendió lo que significa la verdadera fraternidad. El intercambio fue asombroso, recursos, tecnología, energía, de manera tal que se homogenizaron las condiciones en todo el globo en cuanto a demografía, calidad de vida, etc. Los animales y las plantas (salvo las del lado oscuro) también se adaptaron y se expandió rápidamente por todo el orbe una contagiosa sensación de optimismo y solidaridad que impregnó toda actividad humana, marcando un cambio tremendo en el estilo de vida de todos cuantos vivíamos para ese entonces. Todo ello coincidió con el asentamiento de la era de acuario.
Inmediatamente ocurrido el hecho y una vez adaptados (proceso que fue menos traumático de lo que se pensó al inicio), los genios empezaron a ver como le hacían para mejorar un poco la monotonía que significaría vivir siempre en la misma hora del día. Después de algunos años y con la participación de incontables personas y sociedades tecno-científicas instalaron un colosal espejo en el espacio, mismo que pusieron a girar en orbita a la misma velocidad que lo hacía la tierra antes de detenerse. El efecto era el siguiente: mientras estaba frente al lado iluminado, ocultaba al sol de manera de recrear una noche artificial; decíamos, no se tapará el sol con un dedo pero si con un espejo. Y cuando se ubicaba del lado oscuro, reflejaba la luz del sol y así se conseguía el efecto contrario, dibujar un día en la otra mitad; para ello el lado reflector del espejo siempre miraba a la tierra. Por supuesto, nunca fueron las noches o los días como los conocimos antes pero el invento funcionó increíblemente bien. Por ejemplo, los que vivíamos del lado iluminado nunca más vimos a las estrellas, teníamos que viajar al otro lado para verlas. Detalle menor para todo lo que había sucedido y todo lo que se había logrado.
En el lado iluminado, en raras ocasiones, ocurría que algún empecinado meteorito escapaba de los rayos láser que protegían el espejo perforándolo, creándose un claro de luz en la noche de mentira. Fue en uno de esos claros de luz donde conocí a Clarissa. Era una noche extraña en la que no podía dormir así que decidí dar una vuelta cerca de casa. La calle se mostraba vacía; era un día de semana cualquiera por lo que asumí que la gente se encontraba en sus respectivos hogares dedicándose a lo que cada quien hace en su casa. Caminé por una acera que me condujo a un parquecito que se veía bastante oscuro así como toda la calle alrededor y es que se había ido la luz por la zona y sin estrellas ni luna pues todo estaba doblemente oscuro. Entré al parque y me arrellané en un banco de madera mientras me abotonaba la chaqueta ya que sentí algo de frío. Relajado, dejé que mi mente volara y mientras planeaba sobre el mar como buscando algo, no se, quizás una isla o algo donde aterrizar, un haz de luz, como venido de un reflector gigante, bajó del cielo iluminando una área de no más de 200 mts². Y allí estaba ella, sentada en otro banco a mi derecha. Sin decir nada y después de confirmar con la cabeza que no había más nadie cerca nos quedamos mirándonos a los ojos al tiempo que ella sonreía.
Nunca he perdido la fe en el hecho de esperar lo imprevisto, digamos esas sorpresas que te da la vida cuando menos las esperas pero hacía muchísimo tiempo que no me sucedía algo así. Su sonrisa caló mi alma como el hierro con el que se sella al ganado. Yo no reaccioné, me quedé paralizado contemplando ese raro rostro que me sonreía. Me preguntó si se podía sentar conmigo y le dije que si asintiendo con la cabeza. Tenía los ojos almendrados y verdes, la nariz hacía un extraño giro en su dorso, se le veían las encías cuando sonreía y sonreía todo el tiempo de una manera que no había visto jamás. Tenía un abrigo de piel con un gorro al estilo esquimal donde podía ver su cabello recogido y castaño. Me dijo, me llamo Clarissa ¿y tú? Esas fueron sus primeras palabras mismas que no olvidé jamás. Me contó que estudiaba arte en la universidad y que de regreso a casa le provocó sentarse en el parque, algo que nunca hacía. Conversamos hasta la madrugada. Comenzamos hablando del signo de cada quien, de la edad y de esas cosas que parecen triviales pero que son imprescindibles para ir adentrándose en temas cada vez más profundos; me contó de sus viajes al lado oscuro, compartimos nuestros sueños, yo le dije lo que pensaba de la vida y ella me lo fundamentó desde un punto de vista filosófico. Cuando me contaba no se qué de Hume yo sólo pensaba en darle un beso mientras veía sus labios ir de un lado a otro sin parar, ¿que podría pasar ahora? ¡Tembló! poquito pero tembló. De la impresión se colgó de mi cuello y yo la abracé como queriendo decirle, aquí estoy. No se exactamente como pero mi boca se fue de paseo por su mejilla derecha hasta encontrarse con sus labios. Fue el beso más corto y delicioso que he dado en mi vida.
Sin darnos cuenta, en cuestión de minutos, se llenó el parque de personas en pijamas, envueltos en albornoces o en batas y todos hablando de lo mismo, del claro de luz y del temblor. Por mi parte la única luz que me interesaba era la que podía ver en sus ojos y el único temblor que podía sentir era el de mi cuerpo que no dejaba de hacerlo de manera compulsiva e incontrolada.
Después de esa peculiar primera vez sucedieron muchas cosas, fuimos amantes, luego novios, siempre amigos; terminamos, volvimos, viajamos, juntos, separados. Nos terminamos casando, tuvimos dos hijos que hoy amo con locura y les puedo decir que en general, nos ha ido bastante bien. Nuestra receta es que siempre conservamos algo de aquel primer encuentro. Ahora me detengo y pienso lo curioso que puede ser el “como” se dan las cosas, algunas veces, para que un hombre conozca a su mujer.


CARLOS G. B.

jueves, 1 de octubre de 2009

I SEE ANGELS


-The whole world's comin' to an end, Mal!
-I see angels, Mickey. They're comin' down for us from heaven.
And I see you ridin' a big red horse, and you're driving them horses, whippin' 'em,
and the're spitting and frothing all 'long the mouth, and the're coming right at us.
And I see the future, and there's no death, 'cause you and I, we're angels...
-I love you, Mal.
-I know you do baby, and I've loved you since the day we met.


NATURAL BORN KILLERS (Oliver Stone film) Diálogo entre Mallory y Mickey.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

SUEÑO




Anoche soñé contigo
no tenías ojos ni cabellos
no sonreías porque no tenías boca
tampoco tenías lengua y no podías hablar
no tenías manos ni pies, mucho menos corazón
no te podía ver, tampoco sentir
en realidad nunca pasó nada
sólo se que anoche soñé contigo.




CARLOS G. B.

LA VUELTA


Vuelven mis pasos a las calles grises,
a las ásperas aceras.
El suelo es frío, es de piedra.
Ya no veo las azoteas con gatos haciendo el amor en los alféizares
ni a los valles sin fin
ni a las soberbias cumbres desde arriba.
Ya no escucho el murmullo de los ángeles
tampoco siento su eterna angustia.
Sólo puedo extender el cuello y ver hacia lo alto
y recordar al celeste cielo cuando ayer me arropaba.
No se en que cúmulo perdí mis alas pero dejé de volar.
Abrí los ojos y dejé de soñar.


CARLOS G. B.